viernes, 1 de agosto de 2008

LA PARPAIOLA

LA PARPAIOLA

¿Saben lo que es la parpaiola?
La primera vez que oí la palabra yo era chico (quizás púber). Mis viejos la nombraban en clave pícara para eludir la pronunciación de algo pudoroso. Por ejemplo, cuando iban de paseo a Buenos Aires una salida obligada, a instancias de mi viejo seguramente, era ir al Maipo, al teatro de revistas. Al regreso, el comentario ineludible de alguno de los dos era:
_ ¡Pobres chicas! ¡Lo que tienen que hacer para vivir! ¡Andan con todo al aire con un hilito nomás que les tapa la parpaiola!
Si uno presta atención al contexto de enunciación (como yo lo hacía) y al uso del artículo, no caben dudas de que la parpiola es…¡la parpaiola!
Al año siguiente los viejos volvían a Buenos Aires a apiadarse de las pobres chicas con todo al aire. Compasivos los viejos.
Cuando entré en la adolescencia, de la parpaiola sólo seguía conociendo el signo lingüístico, pero nada del objeto que designa. ¡Y andá a preguntar! ¿A quién además?
Las profesoras de Biología de entonces demostraban un firme empeño en enseñar a descuartizar ranas y palomas para interiorizar -a los que no se desmayaban- de las vicisitudes de sendos aparatos digestivos. Muy aleccionador, pero de la parpaiola ni noticias.
Por el lado de los hermanos mayores, tampoco había chance. Si algo sabían del asunto, parecían más interesados en frecuentar y/o usufructuar la parpaiola que en perder tiempo con nosotros.
No quedaba otro camino que el autodidactismo. Nunca faltaba el más avispado (o el menos) del curso que consiguiera alguna vieja revista chancha afanada de la gaveta de algún tío desprevenido. Claro que, entre nosotros, nadie daba muestras de conocer el término parpaiola. Más popularidad gozaba otro, de significante más breve y perfumadas resonancias marinas. Pero los torvas fotogramas de entonces, en el mejor de los casos, sólo dejaban entrever una oscura pelambre triangular que poco revelaba. Para muchos era más que suficiente. Como la consulta bibliográfica se efectuaba generalmente en el baño de varones de la escuela, todo terminaba cuando tocaba el timbre de entrada al aula o nos sorprendía el preceptor. Más de uno se quedaba encerrado en el retrete y con el recuerdo imborrable.
Nunca me voy a olvidar del día en que Arielito me llamó aparte en el recreo y misteriosamente me susurró al oído:
-Veníte esta tarde a casa que tengo algo para mostrarte. No levantés la perdiz; que no se aviven los giles.
Después de la escuela, la siesta y Jim West (prioridades son prioridades) me fui con la ilusión de ser el único. Pero al llegar me encontré con la sorpresa de que había otros dos compañeros más.
-Ahora podemos empezar-comentó el anfitrión.
-Dále de una vez – instó, impaciente, El Chavo.
Rápidamente nos reunimos en torno de un libraco empolvado que Arielito sacó como si fuera una reliquia de un armario semipodrido en el fondo de la cochera. Con esta advertencia:
-¡No lo manoseen, que si se enteran mis viejos, me matan!
Aquella tarde, ante nuestros ojos azorados se fueron desplegando dibujos anatómicos y explicaciones que jamás encontraríamos en el celebérrimo Anatomía y Fisiología de Dos Santos Lara.
¡Qué tarde de aprendizaje! ¡Qué entusiasmo! ¡Con cuánto fervor nos disputábamos el libro y aventurábamos conjeturas!
Aunque, a decir verdad, creo que estábamos más consternados que antes. ¿Aquello tenía labios? ¿Y cómo mierda besaba entonces?
-¡No, boludo! No te besan; se llaman así porque parecen los de la boca pero nada más que están en forma vertical, pero ¿¡cómo te van a besar, mogueta!?
Había un dibujo esquemático fabuloso de la parpaiola con flechitas que salían hacia los costados indicando el nombre de cada parte. Nadie hasta entonces imaginaba mucho más que un agujero negro. Aquello, en cambio, era un intríngulis, un laberinto que reíte del de Los Cocos.
-¿Y esto, qué carajo es?- preguntó el Chueco señalando un pequeño punto del dibujo.
-Leé, boludo ¿qué dice ahí en la flechita?
-¡Qué se yo! ¡No entiendo nada!
-¡Traé, salame, traé!- intervino, arrogante, Arielito. Se nota que se había estudiado el libro minuciosamente.
-Ése es el cliptoris.
Arielito tenía un problema con las p: las suprimía (como en coleótero), las cambiaba por c ( como en sectiembre) o las agregaba como en el caso que nos ocupa.
-Ahí dice clítoris-corregí, sesudo, Calculín de chico y al pedo, sin saber que ése sería mi destino de grande.
-¿Y eso cómo se carajo se come?-preguntó, premonitoriamente, el Chueco.
Arielito, haciéndose el entendido le respondió:
-Mirá es como un botoncito que si vos lo tocás, las minas se vuelven locas, les da una electricidad, les agarra el orgapmo.
-¿Y eso qué es?
-Como una acabada
-¿Qué? ¿Les sale leche también?
-¡Pero no, opa, cómo les va a salir leche! ¿Qué te creés? ¿¡Que tienen una pija como nosotros!?
-¡Uds. No entienden nada!
No voy a contar lo que ocurrió entre las sábanas aquella noche.
Así entramos a los primeros noviazgos.
Cuando vino la primera encamada emprendí el viaje a la parpaiola pertrechado como el profesor Lidenbrock para ir al centro de la tierra en busca del botoncito perdido.
Claro que aquéllas sí que eran urgencias. ¡Qué botoncito ni las pelotas! Uno ni empezaba a bucear en esas profundidades recónditas que ya se venía una marea incontinente que ¡andá a refrenar! Después de todo ¿quién te aseguraba que todo eso fuese cierto? Y por otra parte ¿A quién carajo le importaba?
Confieso que la primera vez que vi el botoncito dichoso, fue gracias al cine (por eso le debo ¡tanto!). Otra vez la reunión clandestina de los ahora muchachones con una peli
En superocho que, junto con el proyector, un amigo del anfitrión le había prestado. Importada, porque esas cosas estaban prohibidas en el país.
¡A la papardusca! ¡Qué primerísimos primeros planos! ¡Qué contrapicados! ¡Qué fotografía! ¡Qué pedazo de parpaiola, por favor!
¡Ahora sí!, el camino despejado, uno avanzaba más confiado, sabiendo por dónde. No digo que sea fácil, pero tampoco es demasiado difícil si se sabe lo que se busca y cómo rumbear.
Por un tiempo, hubo algo parecido a la felicidad.
Pero nada en el mundo es eterno. Y mucho menos la felicidad. Con la democracia vino el destape, la liberación de la parpaiola, la divulgación de la información y así llegó a mis oídos el rumor de que en algún de la galaxia parapiolesca había un enigmático punto con nombre de consonante que dejaba al cliptoris de Arielito hecho un boludo.
Como la negación es casi siempre la primera reacción del hombre a lo que no le conviene, lo más fácil fue pensar que aquello era otro invento femenino para cagarnos la existencia.
Todo bien, hasta que llegó a mis manos otro libraco. Éste, seriamente firmado por dos venerados autores (mujer y varón respectivamente), confirmaba mis peores sospechas.
Ya que de confesiones estamos, diré que el citado punto en cuestión es una deuda pendiente que como tal quedará. Y sí, uno ya no tiene aquellos ímpetus ni aquella avidez exploradora. Lo mío actualmente es más bien una respuesta posmoderna: un sálvese quien pueda, un que Dios te ayude, un cada uno a lo suyo, un hasta aquí llegó mi amor.
Ya veo que en el inverosímil caso de que alguna vez llegara a toparme con lo que ni me gasto en buscar, nos van a correr el arco de vuelta. Nos van a decir, por ejemplo, que, en realidad, ésa no es más que la séptima letra de un abecedario (¡borgeano!) de veintisiete.
Lo que sí me digo es: ahora que se habla de implementar la educación sexual en las escuelas secundarias, las abnegadas profesoras de Biología ¿se decidirán de una vez por todas a enseñar la parpaiola?



Ricardo.